Retrato de Antonio Álvarez Gordillo

La búsqueda de la verdad y la belleza es una actividad que nos permite seguir siendo niños toda la vida.”  Albert Einstein.

Nací el 10 de marzo en la antigua casa de mi abuela Blanca, calle Castilla nº33, Triana, España; el año que Sean Mac Bride y Peter Benenson, fundan Amnistía Internacional, para defender y evitar abusos con los detenidos o apresados por razones políticas e ideológicas; y “The Beatles” lanzan su primer single, “Love Me Do”.

Siempre he sentido curiosidad por buscar, indagar cómo se crea, cómo nace la belleza en la naturaleza, en el hombre. 

Buscar las respuestas a las grandes preguntas que todos nos hacemos: de dónde venimos, quienes somos, y a dónde vamos, ha sido y sigue siendo un camino que desde mi niñez he intentado descifrar sin conseguir grandes resultados. Quizás esta curiosidad innata, llamémosla infantil, en busca de respuestas me ha llevado a recorrer, en los últimos años, distintos países (principalmente África) para acercarme lo más posible a la verdad. En esta exploración, en la cual ando todavía, hace que vea con una mirada más amplia y limpia que todo radica en el Amor, en la Libertad

Nadie, así lo siento y vivo, es más que nadie. Ninguno de nosotros estamos por encima del prójimo. Ninguna raza, ningún credo es superior al otro. Pensar que somos superiores nos hace ser miserables, nos lleva a la disputa, a la guerra, a la destrucción, a la muerte, y todo por un “yo valgo o soy mejor que tú”. 

En los lugares, pueblos en los que he estado me he sentido siempre como si fuera uno de ellos. En todos y cada uno de estos pueblos, haya estado tan sólo unas horas, días, o semanas, me han recibido como un igual, como un hermano. Ahí radica el misterio, la verdadera naturaleza del hombre, de su alma o espíritu, de su luz. En la apertura hacia el otro, al hermano, al prójimo, al mundo. 

Es a través de la imagen, de la fotografía donde intento captar la esencia o naturaleza del hombre, la vida y la fragilidad de la condición del ser.

Instantes antes de pulsar el disparador de la cámara fotográfica mi corazón está a mil por hora. Una vez captada la imagen, amomento, mi corazón se ralentiza, se queda detenido. Tiempo y espacio se conjugan como si fueran un mismo verbo. Y el verbo es un misterio como la vida, como la muerte. Ahora es el silencio el que reina, el que habita entre nosotros, entre la persona retratada y yo. Un silencio que a su vez es música, es melodía y es canto. Lo humano y lo sagrado se funden en una misma luz. Una luz de otro mundo.

Tictac; 

            tictac. 

                         Silencio.