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Bienvenido a Ramón Simón García

“La búsqueda de la verdad y la belleza es una actividad que nos permite seguir siendo niños toda la vida.” Albert Einstein.

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Tanzania. Sinfonía de silencio. Masais.

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Semana Santa. Sevilla. Las miradas del amor.

Semana Santa. Sevilla

Madrugada y silencio ¿Qué signo misterioso te mantiene hoy con vida? ¿Qué luz en la penumbra de esta noche despierta en ti la búsqueda del verbo, de la fe que se hospeda en tu interior, en busca de esperanza, por las calles? Canta el aire sonatas en la noche, que no deben herirte, verdades sin sentido; verdades que te esconden la verdad, el paso de las hojas del viejo calendario que no tiene principio ni final. Silencio en una puerta que solo puede abrirse por otras manos. Luego, se abre para no hablar, para quien ama sólo, como aquel penitente de negro que alza el cirio e ilumina la plaza San Lorenzo. Y en ese instante dudas. Dudas de la esperanza, que ha nacido de la fuente ancestral de tus mayores. Palabras que suplantan lo que vives. En un cruce de calles, de caminos, en la vida que llevas y no es tuya, en la hora de la niebla, en un murmullo de voces que se cruzan, todo es refugio en medio de la nada, es una isla en la noche, un sueño en otro sueño acurrucado. Cierta mañana - ¿acaso la de ayer? -, te paraste delante de una iglesia, ante muros que crecen sobre el río, ante cifras que doblan la rodilla por nosotros, y nuestra descendencia. Y allí, entre los bancos, todo paz, toda quietud sin tiempo; todo el amor que duele y se estremece, misterioso, en un cristo de madera que expira. Allí, la soledad, de todo lo visible y lo invisible, los domingos de misa de tu infancia. Soledad que se apoya en tus hombros cansados, soledad que se adentra en donde más te hiere, pasada ya la media noche. La alta cruz de madera, entre ciriales, avanza poco a poco. Ya en la Catedral, delante del Sagrario, tú que has vestido el blanco de la túnica en el silencio de la madrugada sin luna, ya oyes a la muerte llamándote a la puerta. Y estás solo. Silencio es todo lo que permanece de aquella madrugada. Silencio y un resto de cenizas en el aire. Silencio del que habla al oído, abrazando su propia soledad. Y al Dios al que rezaste siendo niño, imploras por la vida de tu padre, desde una esquina rota. ¿Por qué ha de beber nadie un vino tan amargo? Todo se ha consumado, ha dejado de ser lo que nunca empezó. Despojado de todo, de tu túnica, del mundo que te habita, mueres, te desvaneces y renaces con la aurora. Regresas al hogar, a quien la vida debes, y la esperanza donde la mirada de tu madre se cruza con la tuya. Morir sin que se muera nadie.

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  • Portada · Sombras Pequeñas

    Sombras Pequeñas

    Editorial Númenor

  • Portada · Las miradas del amor

    Las miradas del amor

    Editorial Guadalturia

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